
Ada inició su camino en el yoga en Cluj-Napoca, Rumanía, alrededor de 2015, en un entorno pequeño e íntimo, cuando la escena local todavía estaba lejos de la popularidad que esta disciplina ya había alcanzado en Occidente. Durante un tiempo, su práctica se centró sobre todo en Vinyasa, con una constancia que iba cambiando según las distintas etapas de su vida.
Su traslado a Lisboa abrió una nueva etapa, con retos renovados y también con una inspiración diferente. Allí profundizó en la disciplina y la concentración, al tiempo que exploraba los múltiples estilos de yoga y a los profesores que ofrecía la ciudad. Aun así, siempre sintió la necesidad de contar con más independencia en su práctica personal, algo que Vinyasa, con sus secuencias e intenciones en continuo cambio, no terminaba de darle por completo.
En 2019 descubrió Ashtanga. No fue una conexión inmediata, pero sí le atrajeron desde el principio la estructura y la capacidad de enfoque que proponía. Su práctica dio un giro real cuando conoció a Sonia en Agora, quien le introdujo en un enfoque más consciente y atento, basado en el respeto a las necesidades propias del cuerpo. Fue entonces cuando empezó a practicar Mysore con regularidad, experimentando con claridad el crecimiento y los beneficios que le aportaba.
Para Ada, el yoga es mucho más que una práctica: es algo que lee, comparte y vive cada día. Le apasiona seguir aprendiendo sobre el cuerpo, la mente y el cerebro, para llevar una mirada más amplia a sus clases. Desde esa perspectiva, desea transmitir el yoga a quienes quieran explorar los beneficios de una práctica constante.
Completó una formación de profesorado de 200 horas con un fuerte énfasis en anatomía y postura a través del método LYT yoga. Su misión es aportar ideas frescas y enfoques de apoyo a la práctica de Ashtanga, ayudando a los alumnos a usar el cuerpo como una herramienta segura y consciente para acceder a los patrones mentales y comprenderlos con mayor claridad.