
Mi camino en el yoga comenzó hace unos ocho años, cuando mi hermana me introdujo por primera vez en esta práctica. Al principio me resistí, en parte porque estaba atravesando una relación compleja con mis raíces culturales. Solo con el paso del tiempo comprendí que mi rechazo no era realmente hacia el yoga, sino hacia la quietud que me invitaba a habitar. Esos instantes de silencio sobre la esterilla sacaron a la luz partes de mí que llevaba mucho tiempo evitando. Al estudiar distintas tradiciones de Hatha yoga, entre ellas Iyengar y Ashtanga, entendí que el yoga ofrece mucho más que movimiento físico: es una práctica profundamente espiritual que favorece la fuerza, la flexibilidad, el equilibrio emocional, la claridad mental y una conexión más profunda con una misma.
Mis sesiones comienzan con una breve meditación de pranayama para ayudar a enraizar y centrar. Después, pasamos a una práctica de asanas guiada por la respiración, que invita al movimiento consciente y a conectar con el cuerpo, para terminar con savasana, un momento de descanso profundo. La intención es ofrecerte espacio para integrar los beneficios de la práctica y salir sintiéndote renovada y en equilibrio.