
Durante más de diez años tuve la suerte de vivir en Ibiza. Allí dirigí una empresa de excursiones y acompañé a personas a descubrir rincones escondidos y preciosos de la isla. Hace cinco años, mi compañero de piso, que era profesor de yoga, me animó a empezar a practicar para aliviar unas molestias de espalda. Al principio, me atrajo sobre todo por sus beneficios físicos.
Muy pronto, sin embargo, descubrí algo mucho más profundo. Después de cada práctica me sentía más relajado, con la mente más serena y con un notable cambio de ánimo. Lo que no había comprendido al principio era que el yoga es, en muchos sentidos, una meditación en movimiento. Además de desarrollar fuerza y flexibilidad, la secuencia de posturas y el ritmo de la respiración ofrecen a la mente un punto de atención claro en el presente, ayudándola a aquietarse. Pronto incorporé el yoga matutino a mi rutina diaria, y desde entonces sigo disfrutando de sus beneficios.