
Mahda se acercó al yoga en 2016, mientras trabajaba en el mundo corporativo como copywriter. Al principio le atrajeron los nombres de las asanas en sánscrito, inspirados en la naturaleza y los animales, pero pronto descubrió que el yoga va mucho más allá de las posturas físicas. Esa comprensión más profunda la llevó a Rishikesh en 2019, donde completó una formación de 200 horas para profesorado y amplió su camino de una forma muy significativa.
Su práctica personal combina Ashtanga y Vinyasa, sostenida por el ritmo constante de la respiración Ujjayi y una gran presencia consciente en cada movimiento. Para Mahda, enseñar es un acto de valentía y cuidado: una manera de compartir una práctica que también acompaña su propio crecimiento. Lo que más le ilusiona es ver cómo sus alumnos evolucionan, ganan confianza y se sienten más conectados y en casa en su cuerpo.
En sus clases de Mindful Flow, Mahda propone una aproximación suave y creativa, en la que la respiración guía tanto dentro como fuera de la esterilla, convirtiéndose en un ancla de arraigo para la práctica y para la vida cotidiana.