
Ángel de la música y la danza. Amiga de los instrumentos. Inocencia femenina que sana a través de la voz.
Guardiana y música del espacio sagrado de ceremonia.
Mi camino espiritual comenzó en 2012, cuando conocí a Taita Florentino Agreda Chindoy, de la comunidad indígena Kamëntšá, en Putumayo, Colombia, quien me entregó por primera vez la Ayahuasca en una ceremonia sagrada. Desde ese instante sentí una conexión profunda con la planta y con el universo de sanación que abre.
A partir de entonces he caminado junto a distintos maestros y facilitadores, especialmente de las comunidades Kamëntšá y Cofán, profundizando cada vez más en el mundo de las medicinas ancestrales y aprendiendo también el arte de prepararlas y compartirlas. En paralelo, he cultivado de forma constante mi don musical, aportando a cada ceremonia canto, guitarra, tambor, flauta, armónica y charango.
Esta medicina se convirtió en mi forma de vivir y de caminar. Mi vocación de servicio siempre me ha dado un lugar en este mundo, y la medicina me seguirá abrazando en todo momento para compartir amor, crecer y acompañar a todos los seres que se crucen en mi camino.