
Para quien busca, Osho puede sentirse como aquello mismo que se está persiguiendo. Para quien le sigue con devoción, puede aparecer como la totalidad de la existencia. Y para quien lo escucha por primera vez, su presencia puede llegar como una brisa nueva. Según el grado de apertura y de disposición interior, puede vivirse como filósofo, autor o como una puerta hacia una dimensión completamente distinta del ser.
“El ser humano, en sí mismo, es una búsqueda”, afirma Osho. Las personas anhelan plenitud, felicidad y, en el fondo más profundo, algo que vaya más allá del cambio, del tiempo y de lo transitorio: algo que no muera. Esa búsqueda puede ser consciente o inconsciente, pero continúa a lo largo de las vidas. Sin embargo, muchos la persiguen en lugares donde nunca ha estado ni estará: la riqueza, el poder, el sexo, la fama, la intensidad o, en su reverso, la pobreza, el celibato, el anonimato o el aburrimiento.
A lo largo de la historia de la conciencia humana, numerosas almas iluminadas han acompañado esa búsqueda. Krishna, Shiva, Jesús, Buda, Laotse y Rumi son solo algunos nombres de una larga línea de maestros que siguen inspirando a la humanidad. Y, pese a toda esa sabiduría, el ser humano continúa marcado por la crueldad, el egoísmo, la explotación, la guerra y una profunda infelicidad. Osho se pregunta por qué sigue ocurriendo esto después de miles de años, y sostiene que la respuesta debe ser existencial.
Según este relato, Osho alcanzó la iluminación el 21 de marzo de 1953. Lo que le distingue es la magnitud de su aportación: 647 títulos de libros, con unos 50 aún sin traducir del hindi al inglés, y más de 650 métodos nuevos creados para transformar la energía, trabajar con el subconsciente y descubrir el silencio de la mente en meditación. Habló durante miles de horas a personas de Oriente y Occidente, abordando todos los aspectos de la vida humana: el amor, las relaciones, la educación, la muerte, la creatividad, el arte, la música, la psicología, la salud, los niños, los chakras, las vidas pasadas y los métodos para explorarlos.
Sus enseñanzas también ofrecieron vías prácticas para transformar el sufrimiento en dicha y libertad, ya aparezca ese sufrimiento como soledad, falta de sentido, impotencia, miedo, depresión, enfermedad o mortalidad. Defendió la autenticidad, la centración y una aceptación total de la vida, sin rechazar el cuerpo, el placer, el sexo, la alegría, el amor, la danza o la celebración. Para Osho, la meditación es el camino principal de esa celebración, especialmente para las personas modernas, a menudo inquietas, tensas y demasiado identificadas con la mente.
También habló con profundidad sobre lo que significa ser discípulo de un maestro iluminado y sobre cómo recibir guía tanto si el maestro está físicamente presente como si no. Su obra bebe del Zen, el Tantra, el budismo, el sufismo, el hinduismo, el Vedanta, el yoga y las ciencias esotéricas, al tiempo que recupera fuentes olvidadas de sabiduría con una mirada fresca. Su forma de hablar no se describe como información, sino como darshan: una transmisión viva de verdad y presencia.
Osho significa “el océano”, una imagen que refleja la amplitud asociada a su enseñanza. En su visión, si incluso un uno por ciento de la humanidad se orientara hacia la meditación, la conciencia del mundo podría transformarse. En un tiempo de profunda crisis, consideró la meditación una respuesta vital para el futuro de la humanidad.