
Durante gran parte de mi vida adulta conviví con la depresión, la infelicidad y una profunda insatisfacción con la existencia. Probé terapias, medicación y distintas herramientas de autoayuda, pero nunca encontré el cambio que tanto necesitaba. La falta de resultados me llevó a buscar alivio en conductas de escape como las drogas, la pornografía, el sexo y, sobre todo, el alcohol. Cuanto menos funcionaban esas vías, más crecía la sensación de desesperanza. Esa desesperación terminó traduciéndose en dos ingresos en rehabilitación y tres hospitalizaciones por ideación suicida a lo largo de mi vida. Aun así, seguía buscando una respuesta. Fue en una etapa de mayor estabilidad cuando mi terapeuta me sugirió probar la ayahuasca y me puso en contacto con Humberto y su extraordinario grupo de personas.
Antes de contar mi primera experiencia con ayahuasca, considero importante recordar que el camino de cada persona es único y que cada encuentro con esta medicina puede dar lugar a resultados diferentes.
En aquel momento, mi formación como ingeniero sostenía una visión atea: para mí, la vida era simplemente vivir, sufrir y morir. A pesar de mi escepticismo, asistí a mi primera ceremonia de ayahuasca. Durante las primeras 3,5 horas no sentí absolutamente nada, mientras observaba cómo otras personas reían, lloraban o entraban en estados alterados. La duda y la desesperanza empezaron a invadirme, así que decidí escribir en mi diario sobre una experiencia traumática relacionada con mi padre, preguntándome si algo realmente podía ayudarme. En medio de mi frustración, una persona increíble se acercó y me dijo: “Soy sanadora, ¿puedo ayudarte?”
Mi reacción inmediata fue pensar: “¿sanadora? Menuda tontería”. Pero no tenía nada que perder. Dejé el diario a un lado y ella tomó mi mano. Lo primero que me dijo fue: “Vaya, ahora mismo estás canalizando mucho a tu padre”. Esta vez no me guardé lo que pensaba y lo dije en voz alta: “Eso es una tontería, me viste escribir en el diario”. Ella respondió con calma: “Primero, está oscuro aquí; segundo, no llevo mis gafas”. Después me colocó un antifaz. A partir de ahí comenzó a describir con detalle la experiencia con mi padre, además de una larga lista de cosas que habían ocurrido en mi vida. Permanecí en silencio durante todo el proceso y llegué a pensar que quizá había estado equivocado acerca de mis creencias durante toda mi vida. Desesperado por encontrar una explicación, mi mente intentó racionalizarlo todo pensando que también había contado esas cosas a la terapeuta que me recomendó la ayahuasca. Pero justo en ese instante, la “sanadora” mencionó algo que había sucedido el día anterior, en mi coche, completamente solo. En ese momento sentí que todas las barreras de mi mente estallaban. Se abrieron las compuertas: comencé a llorar, experimenté una humildad inmensa y una profunda gratitud. Sentí una conexión divina y amorosa, y comprendí que la vida era mucho más de lo que yo creía. Ese fue el inicio de mi viaje transformador.
Desde aquella experiencia decisiva, todo cambió. He participado en ceremonias mensuales e incluso asistí a un retiro de varios días en México. Este cambio profundo me llevó a dejar un trabajo cómodo para seguir un camino dedicado a ayudar a otras personas. La ayahuasca no resolvió mis problemas por arte de magia, pero sí iluminó la senda que necesitaba recorrer. Todavía tengo trabajo por hacer, pero ahora me guía un propósito claro. El miedo ya no me paraliza como antes. Me habitan la gratitud, la empatía, la valentía y el amor. Mi visión de la vida se volvió positiva y miro el futuro con ilusión. Junto con el chamán Humberto Alcala y el comprometido equipo de la finca, estamos dedicados a acompañarte en tu propio viaje transformador.