
Nacida en Magdalena del Mar, en Lima, Perú, Ximena Morales Gamarra creció al cuidado de sus abuelos, cuyas enseñanzas dejaron una huella profunda y duradera en su manera de estar en el mundo. Desde muy pequeña sintió una conexión especial con el mar, un vínculo que con el tiempo se transformó en una reverencia profunda por el agua como origen de vida.
Su infancia transcurrió en los primeros años del conflicto interno que marcó a su país durante un largo y doloroso periodo. Aquellas vivencias influyeron en muchas de sus decisiones posteriores y la impulsaron a alejarse de los sistemas basados en el miedo, la desconfianza y el egoísmo. Eligió, en cambio, una vida cercana a la Madre Naturaleza, en el campo, con puertas abiertas, aire limpio y la sencillez de lo rural. Ese camino también la llevó a criar a sus hijos en un pequeño pueblo cálido, rodeada de la inocencia y la honestidad de la vida del campo.
Con el tiempo, su búsqueda de sentido la llevó por muchos lugares. Dejó atrás la seguridad de terminar una carrera formal, viajó con mochila y se convirtió en madre de cuatro hijos en una etapa de economía incierta. A los 20 años recorrió numerosos países de América y, más adelante, pasó dos años en México viajando en una casa sobre ruedas. Ese periodo le devolvió la confianza en la humanidad y sanó su corazón gracias a la generosidad de las personas que encontró en el camino.
Conviviendo con conductores, pescadores, cocineros, jardineros, albañiles, campesinos, pastores y comunidades indígenas, aprendió de su sencillez, su resistencia y su apertura. Las noches interminables bajo las estrellas, las mesas compartidas y las manos trabajadoras le enseñaron el valor de una vida vivida con humildad y gratitud.
Durante esa etapa también comenzó a trabajar con plantas maestras, incluyendo peregrinaciones y ayunos en el desierto donde crece el Peyote, y pasó tiempo en Huautla de Jiménez, la legendaria localidad de María Sabina. Allí se encontró con un universo en el que las mujeres sanadoras guardaban una sabiduría profunda y le abrieron la puerta a una vida tocada por la magia, la disciplina y la fuerza interior.
De regreso en Sudamérica, vivió en Vilcabamba, el valle de la longevidad, donde nacieron sus hijos y donde atravesó años de meditación, confrontación personal, sacrificio y crecimiento. La maternidad sin una comunidad de apoyo sólida trajo dificultades, pero una crisis posterior dio un nuevo sentido a su camino y al servicio que hoy ofrece: acompañar procesos de vida con confianza, paz y amor.
Hoy, Ximena sigue transitando un camino de espíritu, ancestros, Pachamama, agua, montañas y el jardín de su corazón. Permanece curiosa, abierta a la transformación y profundamente comprometida con la sanación desde la gratitud.