


Las clases de yin yoga proponen una experiencia más lenta, silenciosa y profundamente reparadora. En cada sesión, las posturas se sostienen entre 3 y 5 minutos, dando al cuerpo el tiempo necesario para aflojarse poco a poco y soltar tensiones que quizá ni siquiera sabías que llevabas encima. Si te cuesta desconectar, esta práctica puede ser justo lo que necesitas.
A diferencia de los estilos más dinámicos, el yin se basa en la quietud. En lugar de enlazar una postura con otra, como ocurre en el hatha yoga, te instalas en una forma, la haces cómoda con bolsters y bloques, y permaneces ahí durante tres minutos, a veces cinco.
Estas estancias prolongadas actúan más en el tejido conectivo que en la musculatura, alcanzando la fascia, los ligamentos y las zonas sutiles alrededor de las articulaciones que el estiramiento habitual suele pasar por alto. La liberación llega despacio, como un hielo que se derrite sin prisa.
El yin también es una práctica para la mente. Permanecer con una incomodidad, aunque sea leve, puede mostrarte que eres capaz de más de lo que imaginabas. Te recuerda que no todo tiene que resolverse al momento y que, a veces, la respuesta más nutritiva es simplemente respirar.
En una sesión de una hora, es posible que recorras unas 6 u 8 posturas, bastante menos que en hatha yoga. Cada una se apoya con material para que no tengas que sostenerte con esfuerzo. La intención es pasiva: encuentras el borde del estiramiento y permites que el cuerpo ceda.
No siempre resulta fácil. Permanecer inmóvil tanto tiempo puede ser un reto, sobre todo en las aperturas de cadera. Aun así, la sensación debe seguir siendo suave: una tracción agradable, nunca un dolor agudo. Durante la práctica recibirás indicaciones y, si lo necesitas, siempre podrás salir de la postura.
Se recomienda llevar ropa de abrigo, ya que la temperatura corporal puede bajar cuando no te mueves. También viene bien una manta, especialmente en invierno. La sala se mantiene cálida, pero las capas extra hacen la experiencia más confortable.
Después de clase, muchas personas describen la sensación como si hubieran recibido un masaje: más suaves, más sueltas y más calmadas. Algunas incluso se sienten agradablemente cansadas, como tras una noche de sueño excelente.
No soy nada flexible, ¿es para mí?
Sí. El yin no busca posturas vistosas. Se utilizan apoyos para acercar el suelo a ti y permitirte trabajar desde tu nivel. De hecho, quienes se sienten más rígidos suelen notar grandes beneficios porque tienen más tensión por liberar.
¿Por qué las posturas se mantienen tanto tiempo?
El tejido conectivo responde de forma distinta al músculo. Necesita una presión suave y sostenida en el tiempo para aflojarse. Piensa en doblar una regla de plástico despacio en lugar de hacerlo de golpe: el enfoque lento crea cambios duraderos sin dañar.
¿Puedo combinar yin y hatha yoga?
Por supuesto. Ambos estilos se complementan muy bien: el hatha yoga aporta fuerza y flexibilidad activa, mientras que el yin ofrece liberación profunda y quietud. Muchas personas eligen practicar uno de cada a la semana.
¿Es adecuado si tengo una lesión?
A menudo, sí, aunque es importante comentar cualquier preocupación antes de la clase. Algunas posturas pueden adaptarse y, en ciertos casos, convendrá omitir posiciones concretas. El ritmo lento permite un enfoque cuidadoso y muy considerado.
¿Te apetece bajar el ritmo?
Si el ajetreo constante te está agotando y buscas una práctica que realmente te ayude a soltar, el yin merece la pena.
Annelie Lily

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